Dios Rescata A Su Pueblo De Egipto

Éxodo 5-13

En Egipto Moisés y Aarón reunieron a todos los ancianos de Israel. Aarón les contó todo lo que Dios le había dicho a Moisés y Moisés hizo todas las maravillas delante de la gente. Y todo el pueblo creyó y adoró a Dios porque él había visto cómo ellos sufrían.

Después, ellos fueron y dijeron al faraón, “Así dice el Señor, Dios de Israel: Deja ir a mi pueblo para que me haga una fiesta en el desierto.”

¿Quién es este Dios para que yo le obedezca?” El faraón contestó. “Yo no conozco al Señor, ni tampoco voy a dejar ir a los israelitas.” Entonces Aarón tiró su bastón delante del faraón y su bastón se convirtió en una serpiente. En cambio, el faraón llamó a sus magos e hicieron lo mismo con sus artes mágicas. Pero la serpiente de Aarón se comió las serpientes de los magos. Sin embargo, el faraón no les hizo caso, tal como Dios lo había dicho.

Entonces, a la vista del faraón y sus oficiales, Moisés levantó su bastón y golpeó el agua del río y toda el agua se convirtió en sangre. Los peces murieron y el agua apestaba tanto que los egipcios no podían beberlo. Pues Moisés y Aarón hicieron todo lo que Dios les había mandado para que todos supieran que Dios es el Señor. Muchas veces Moisés y Aarón se presentaron delante del faraón, le advirtieron de lo que iba a pasar pero él no les hizo caso y no dejó ir a los israelitas. Y cada vez que el faraón se los negaba Dios mandaba otra plaga. Él mandó tantas ranas que se metían a las casas, las camas, hasta los hornos y las piedras de moler de los egipcios. Después, Dios convirtió el polvo en piojos que cubrieron los hombres y los animales. Luego, una nube grande de moscas entró en el palacio y en las casas. Al día siguiente, todo el ganado de los egipcios se murió, pero ni una sola vaca de los israelitas se murió. Después, Moisés arrojó ceniza de un horno y tanto hombres como mujeres quedaron cubiertos de llagas. Y Dios envió una tormenta tremenda de granizo y este granizo destruyó todo lo que había en el campo, hombres, animales, hasta los árboles. Dios hizo soplar un viento que trajo una plaga de langostas que cubrieron la tierra y comieron todo lo que había quedado después del granizo. No quedó ni una cosa verde en todo Egipto. Luego el Señor mandó una oscuridad total por tres días. Durante este tiempo, nadie podía ver el uno al otro ni se podían mover de su lugar. En cambio había luz en las casas de todos los israelitas.

El faraón llamó a Moisés y a Aarón y les dijo, “He pecado contra Dios y contra ustedes.” Pero todavía no los dejó ir.

Entonces Moisés dijo al faraón, “Así dice el Señor: A la media noche pasaré por todo Egipto y morirá el hijo mayor de toda familia, desde el del faraón hasta el del esclavo más bajo. Aún las primeras crías de los animales morirán.”

Y Dios mandó a Moisés decir a los Israelitas, “Díganle a Israel que cada familia debe tomar un cordero para un sacrificio. Este tiene que ser el primer nacido, macho, de un año, sin defecto o mancha, ni huesos quebrados. Si la familia es demasiada pequeña, entonces debe compartir con su vecino más cercano de acuerdo con el tamaño de las familias. Al atardecer cada familia matará su cordero. Pondrán la sangre en los dos postes y encima de la puerta de la casa. Esa noche comerán la carne asada, hierbas amargas y pan sin levadura. La sangre en la puerta será una señal. Cuando yo la veo, pasaré sobre ustedes. Y ninguno de ustedes morirá en esta plaga de muerte.” Entonces los israelitas hicieron todo tal como el Señor les había mandado.

A la medianoche Dios mató todo los hijos mayores en Egipto, desde el hijo del faraón hasta los hijos de los presos. Esa noche el faraón y todos los egipcios se levantaron y hubo un gran clamor en Egipto. Pues, no había ni una sola casa donde no hubiera algún muerto. El faraón llamó a Moisés y Aarón aún de noche. “Váyanse de mi tierra, ustedes y los Israelitas, y adoren a Dios, tal como pidieron.”

Esa misma noche, la gente salió a pie, como seiscientos mil hombres, más las mujeres y niños, con muchas ovejas y vacas en camino al desierto.