La Serpiente de Bronce

Números 21:4-9, 2 Reyes 18:4

Mientras los israelitas estaban en camino a la tierra prometida por Dios, ellos siempre se quejaban. No confiaban en Dios para proveer lo que necesitaban como agua, comida, refugio y seguridad. El pueblo de Dios llegó por fin a la orilla de la tierra prometida, Canaán. Por mandato de Dios, Moisés mandó algunos espías para ver como era la tierra. Después de cuarenta días, ellos regresaron con un informe malo. Ellos dijeron que aún que la tierra estaba llena de leche y miel, la gente era fuerte y gigante y las ciudades grandes y fortificadas. Los israelitas empezaron a gritar y a llorar porque pensaban que no podrían entrar a la tierra prometida así. Solo dos de ellos trataron de decir a la gente que sí podían tomar la tierra con la ayuda de Dios. Pero los israelitas se rebelaron contra Dios. Entonces Dios se enojó con ellos y les dijo, “¿Hasta cuándo van a seguir dudando de mí, a pesar de los milagros que he hecho entre ustedes?”

Él decidió destruir a los israelitas pero Moisés oró a Dios para perdonar al pueblo y él lo hizo. Pero Dios tenía que castigar el pecado. Él les dijo que aunque ellos habían visto su gloria y los milagros en Egipto y el desierto, de todos modos le habían puesto a prueba muchas veces y no habían querido obedecer. Por eso, ninguno de ellos vería la tierra prometida. Ellos tendrían que quedar en el desierto por cuarenta años. A pesar de todo esto, los israelitas siguieron quejándose y desobedeciendo a Dios.

Después, los israelitas salieron por el camino al Mar Rojo en un viaje largo. Pero en el camino, la gente perdió la paciencia de nuevo. Ellos empezaron a quejarse y hablar contra Dios y contra Moisés diciendo, “¿Para qué nos sacaron ustedes de Egipto para morir en el desierto? Pues, no hay comida, ni agua, y ya estamos cansados de este pan tan miserable.”

Entonces Dios envió serpientes venenosas entre ellos, y los picaban y así murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo fue a Moisés y le dijo, “Hemos pecado al hablar en contra de Dios y de ti. Por favor ruega al Señor que aleje de nosotros las serpientes.”

Y Moisés oró por el pueblo. Y Dios le respondió, “Haga una serpiente como esas, y ponla sobre un palo. Cualquiera que sea picado por una serpiente puede mirar a la serpiente en el palo y así vivir.” Entonces Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre el palo. Y cualquiera que era picado por una serpiente y miraba a la serpiente levantada, se salvaba.

Después de esto, los israelitas caminaron en el desierto por muchos años más hasta que se cumplieron los cuarenta años de castigo. Pero Dios les amaba todavía. Los israelitas siempre tenían agua, comida, y su ropa y zapatos nunca se gastaban. Con el tiempo, toda la gente que se rehusó entrar a la tierra prometida se murió. Y entonces Dios llevó a los israelitas a la tierra que había prometido a los descendientes de Abraham. Durante los siguientes años los israelitas obedecieron a Dios por un rato, se pusieron en rebelión en contra de Dios. Dios los castigó y ellos regresaron a Dios. Esto ocurrió muchas veces pero Dios siempre los recibió de nuevo porque Dios tenía un plan.

Muchos años después, cuando los israelitas tenían reyes y vivían en la tierra prometida el pueblo empezó a adorar la serpiente de bronce como un ídolo y no a Dios. El rey Ezequías mandó a destruir la serpiente de bronce que Moisés había hecho y confió en Dios y no se apartó de él mas guardó sus mandamientos. Y Dios hizo prosperar al rey Ezequías.