Pedro y Juan y un Hombre Cojo

Hechos 3:1-4:31

Un día Pedro y Juan subían al templo.  Era el tiempo de la oración.  Allí en el portón del templo estaba un hombre que nunca había podido caminar.  Cuando el cojo vio a Pedro y a Juan, empezó a pedir dinero.  Ellos fijaron su atención en él y Pedro le dijo: “¡Míranos!”  Entonces el hombre los miró atentamente.  Pensaba que iba a recibir algo.

Pero Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy.  En el nombre de Jesucristo, levántate y anda.”  Pedro lo tomó de la mano derecha y lo levantó.  De repente, los pies de aquel hombre se hicieron fuertes.  Y saltando, se puso de pie y empezó a caminar.   Alegremente, entró al templo con Pedro y Juan, caminando, brincando y alabando a Dios.  No querría dejar a Pedro y a Juan.  Todos allí sabían que era el mismo hombre que antes se sentaba a pedir dinero en el portón del templo.  Y todos corrieron hacía ellos asombrados por lo  que había pasado.

Pedro les dijo: “¿O israelitas, por qué se asombran?   ¿Por qué nos miran como si nosotros sanamos a este hombre con nuestro propio poder?  El Dios de Abraham dio este honor a su siervo Jesús.  Pero ustedes lo entregaron  y lo rechazaron ante Pilato, aunque Pilato quiso soltarlo.  Más bien, ustedes pidieron la libertad de un asesino.  Así que mataron a Jesús quien era justo y santo, el único que podía darles vida.  Pero Dios lo resucitó y de esto nosotros somos testigos.  Es la fe en el nombre de Jesús que sanó completamente a este hombre; la fe que viene por medio de Jesús.

“Hermanos, ya sé que ustedes mataron a Jesús sin darse cuenta del mal que estaban haciendo, igual que sus líderes.  Pero de este modo cumplió Dios todas las profecías acerca del Prometido.  Ahora, vuélvanse a Dios y arrepiéntanse.  Y Dios les borrará todos sus pecados para que tengan descanso y renovación en la presencia del Señor.

“Hace tiempo, Moisés dijo a nuestros antepasados: ‘Dios levantará de entre ustedes un profeta como yo.  Hagan todo lo que él les diga.  Él que no le haga caso será destruido.’  Todos ustedes son herederos de las promesas de Dios.  Dios también le dijo a Abraham: ‘Todas las naciones del mundo serán bendecidos por medio de uno de tus descendientes.’  Dios resucitó a su Hijo y lo envió primero a ustedes para bendecirles, y para que cada uno deje de hacer lo malo.”

Pedro y Juan todavía estaban hablando cuando llegaron los líderes religiosos con el jefe de la guardia.  Estaban muy enojados porque Pedro y Juan estaban enseñando a la gente que Jesús había comprobado la resurrección.  Entonces los líderes religosos los metieron en la cárcel hasta el día siguiente.  Sin embargo muchos creyeron.  Eran como cinco mil hombres.

Al día siguiente se reunieron los líderes religiosos con Pedro y Juan.  Les preguntaron: “¿Con qué poder pueden sanar a un hombre cojo?  ¿En nombre de quién han hecho ustedes esto?”

Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les contestó: “Si estamos en juicio por sanar a un hombre cojo pues bien, declaramos ante todos ustedes que este hombre parado aquí, fue sanado en el nombre de Jesucristo a quien ustedes crucificaron y Dios resucitó.  Este Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, rechazaron.  Pero Jesús llegó a ser la piedra principal que sostiene todo el edificio.  En ningún otro hay salvación.  No hay otro nombre por lo cual podamos ser salvos.” 

Todos allí se dieron cuenta que Pedro y Juan eran hombres sencillos y sin educación.  Por eso se sorprendieron de oírlos hablar con tanta confianza.  Entonces entendieron que los dos habían sido compañeros de Jesús.  Y nadie podía negar lo que decían porque el hombre sanado estaba de pie junto a ellos.

Entonces los líderes se pusieron a discutir entre ellos.  “¿Qué vamos a hacer con estos hombres?  No podemos negar que han hecho este milagro.  Y todos ya lo saben.  Así que los ordenaron que dejen de hablar en el nombre de Jesús.   

Pero Pedro y Juan respondieron: “Ustedes mismos sean los jueces.  ¿Debemos obedecer a Dios o a ustedes?  ¡No podemos dejar de hablar de todo lo que hemos visto y oído!”  Ya que toda la gente alababa a Dios y no podían encontrar razón para castigarlos, ellos los amenazaron de nuevo y los dejaron libres. 

En seguida Pedro y Juan se fueron a reunirse con los otros seguidores de Jesús.  Les contaron todo lo que había pasado.  Todos alabaron a Dios juntos.  Y oraron usando la Escritura.  Pidieron:  “Ayúdanos a contar tu mensaje sin miedo.  Muestra tu poder sanando a la gente y haciendo señales en el nombre de tu santo siervo Jesús.”   

Cuando terminaron de orar,  el lugar donde estaban reunidos tembló.  Y todos fueron llenos del Espíritu Santo.  A partir de ese momento, todos hablaban acerca de Jesús con valor.